El poder de la sangre

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El poder de la sangre

Mensaje por Big Boss el Lun Dic 14, 2015 10:51 am

INTRODUCCIÓN

Esta es la historia de los principales miembros de una pequeña familia aristocrática, de su epopeya hacia el trono del estado medieval mas poderoso de Casthalan, el Imperio de Antigua. De como unos simples condes de un reducido feudo situado en las faldas de las montañas centrales pasaron a convertirse en los gobernantes mas poderosos del mundo del luxenato con el poder poder de la sangre como principal arma conquistadora. De como llegaron a acumular mas títulos que ninguna otra familia en la historia y otorgaban o quitaban coronas a placer, con el simple gesto de una mano. De como pasaron a encabezar la lucha contra el infiel, liberando territorios lejanos para ponerlos bajo su yugo. De como, en definitiva, se convirtieron en los auténticos herederos de aquellos poderosos bárbaros del centro de la cordillera de casthalan que la cambiaron para siempre, para bien o para mal. O no?




Capítulo I: A los pies de la Montaña

La vida transcurría plácida en el pequeño feudo occidental de la Cumbre del Trueno a finales del año 670 del señor. Situados a los pies de la montaña, una formacion montañosa sembrada de ricos valles próxima a la frontera del poderoso imperio oriental, sus gentes se dedicaban a las labores del campo, además de a la producción de telas y articulos de vidrio y metal. Hace apenas unos años, el condado había pasado a las manos de la joven familia de los Stormborn, llamados asi desde la conquista de la cumbre del trueno, fortaleza ideada para la defensa de la cercana localidad de la cascada de la tormenta y sus alrededores, y cuyo precursor, Ulrich, el primero de su nombre, habia visto finalizar su obra satisfactoriamente.


El gobierno del dominio Occidental había recaído en Ulrich "El viejo", dado que algo llamado "Feudalismo" le garantizaba a los nobles mantener su título por un poder divino y nadie, podría quitárselo. Ulrich por fin era libre de ejercer sus derechos, y deberes, como ser el legítimo dueño de sus tierras por la gracia de los dioses.

Precisamente, el primer acto oficial del joven conde había sido acudir al Banquete de la cosecha celebrada a principios de año. La condesa Sonya (Madre de Ulrich) había querido aprovechar esta ocasión unica para la presentación en la alta sociedad imperial de su hijo, y tal vez conseguir un buen enlace matrimonial que asegurase la sucesión del dominio de la cumbre. Sin embargo, aquella turbulenta reunión no había sido a la postre la mejor oportunidad para emparejar al joven conde. Simplemente había puesto de manifiesto la debilidad intrínseca del gobierno de los snuf frente a los pueblos orientales, siempre impetuosos y no menos orgullosos.

Esta situacion había provocado que a la vuelta de la condesa y del señor de la cumbre a sus tierras, se iniciase una tediosa e interminable procesión de ricos mercaderes, señores menores, y caballeros de todo apellido y condición, ofreciendo a sus hijas y una generosa dote con el unico objeto de "ayudar a perpetuar el apellido Stormborn", decían, y de paso unir su sangre a uno de los lores del Imperio de Antigua, callaban. Doncellas bellas y poco agraciadas, altas y bajas, gordas y famélicas desfilaban diariamente bajo el implacable escritinio de la condesa Sonya, interesada sobre todo por la anchura de caderas de la chiquilla y por la anchura de la bolsa del progenitor. Ulrich, por su parte, trataba de mostrarse cortés con todos aquellos hombres que, solícitos, soñaban con entregarle uno de sus bienes más preciados, pero imploraba en secreto a los cielos que se pusiese fin a aquel incómodo desfile; elegir a la más bella de todas, con caderas o sin ellas, y apartar de su mente el tema de su boda y sucesión, siendo como era apenas un novato en la diplomacia.


De hecho, muchas noches las pasaba el joven Ulrich frente a la ventana de su alcoba mirando al patio del castillo todavia en construcción, de su castillo, se recordó, fantaseando junto a una copa de vino como sería su primer enlace, la noche que lo seguiría... Incluso trataba de imaginar el rostro de sus herederos. En ello estaba la noche del 26 de diciembre del año del señor de 670, cuando un ruido a su espalda en una habitación que debía de estar vacía, llamó su atención y le sacó de sus dulces sueños...

-¿Quien sois?-, inquirió iracundo al tiempo que se giraba en redondo, lo que le provocó que casi cayera al suelo debido a su escaso equilibrio empapado en vino.-Quien os hadejado entrar en mis aposentos-, logró espetar tras agarrarse a una silla cercana y tratar de fijar la vista en el intruso.

-Aquí, mi señor. Soy un amigo, nada más que eso-,  contestó el extraño. Alto y desgarbado, con el pelo largo cogido en una coleta que le llegaba hasta la mitad de la espalda, el intruso era la viva imagen de la calma, casi de las desidia. Cómodamente sentado en una silla  y con las piernas apoyadas sobre el escritorio personal de Ulrich, el misterioso asesino? tenía un aire casi aburrido...



-No os recuerdo de entre mis amistades, y os advierto que con tan sóloo una orden tendreis aquí a una docena de mis guardias dispuestos a cortate en tantos trozos como me plazca para dáselos de comer a mis perros. No trateis de lastimarme, mercenario-, amenazó el joven conde, a quien el temblor de su voz había traicionado desde la primera palabra, y el exceso de vino desde la segunda.

-Una amenaza ciertamente elaborada, mi señor. Sin embargo, si os quisiera muerto ya lo estariais, y poco podrían hacer entonces unos patanes que ni tan siquiera han logrado mantener a un extraño desarmado fuera de la alcoba de su señor-, afirmó el extraño con un tono mas cansino en su voz, como si todo aquello resultase de lo más obvio. -Además, no estoy aquí para mataros, sino para ayudaros, mi señor.

-¿Ayudarme a qué? ¿A gobernar las tierras que me pertenecen por derecho? ¿Otro más?-, señaló enfurecido el joven Ulrich. Durane los útimos años de su vida había estado constantemente recibiendo consejos y lecciones de otros de cómo gobernar, de cómo ser un buen señor, incluso de cómo ser uno malo... Y la verdad es que ya empezaba a estar un poco harto. Y ahora me viene un desconocido con la misma monserga, pensó.
-No mi señor, de agrandarlas, de extender vuestros dominios más allá de estas piedras de la cumbre-, señaló el intruso como si, de nuevo, aquello careciera de importancia.

-Vaya, así que confirman mis sospecha. Aquí tenemos otro padre deseoso de cambiar a su hija, unas tierras de labranza y tres vacas por el apellido Stormborn-, dijo el joven conde con displicencia, muy orgulloso de su ingenio.

-Podéis bromear cuanto querais, mi señor. Pero la corona del Gran Imperio de Antigua no me resulta tan graciosa. Incómoda tal vez, pero para nada graciosa. Como mucho el que la lleva...-, sentenció amenazante el extraño, esta vez sin rastro de aburrimiento en su discurso. -Pero si preferís, puedo ofrecer mis servicios a vuestros vecinos los Asher, que aunque no muy agraciados físicamente dicen que son tan intrigantes como el que más...

El intruso se levantó entonces y dirigió sus pasos hacia la puerta. Esperaba en su fuero interno que aquella propuesta calase en lo más hondo del joven conde, que hiciera sonar en su interior la campanilla de la curiosidad y la avaricia. Y el anzuelo funcionó; el joven y aristocrático pez había picado.

-No os vayais-, chilló Ulrich, a quien la voz le había vuelto a fallar. Tras un ligero carraspreo para templar la garganta, el joven conde recupero gran parte de su compostura. -No os vayaís, os lo ordeno. Contadme qué teneis en mente y hablaremos de tomaros bajo mi servicio-. Esta vez al menos había sonado más señorial.

-Me parece justo, mi señor.
-¿Cómo debo llamaros, mi señor extraño?
-Ob... No, con el Extranjero será suficiente, mi señor. ¡Ah! y pedid mas vino, que va a ser una larga noche...
[Continuará...]


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Re: El poder de la sangre

Mensaje por Big Boss el Jue Dic 17, 2015 3:30 pm

Capitulo I. Parte II]
(Continuación)


-Lo primero que debéis hacer es acabar con este lamentable espectáculo provocado por vuestra soltería. ¡Si hasta el pueblo lo llama el mercado de las doncellas! Si trajésemos unas cabras y unos cerdos podríamos celebrar una gran feria, si me permitís el comentario...-, afirmó el Extranjero. -Despachad a todos los padres y sus hijas, agradecedles su oferta y decidles que, por el momento, no váis a tomar esposa.

En ese mismo instante, Ulrich tuvo la sensación de que le habían dado una fuerte bofetada en la cara. O al menos, le dolió lo mismo ¿Cómo que no debía casarse todavía? ¿Y qué pasaba con la noche de bodas? - Imposible. Mi deber no es sólo para con mi pueblo, sino también con mi familia, mi linaje. Ya tengo títulos y riquezas para dejarle a mis hijos, debo casarme y eso haré. -, afirmó Ulrich muy serio.

-¿Y con quien os váis a casar? ¿Con la tercera hija de un noble menor? ¿Con la hija de un mercader de pollos? No, mi señor, debéis apuntar más alto si vuestro deseo es llegar al trono del Imperio de Antigua. Debéis manteneros soltero hasta que surja una mejor oportunidad para vuestro enlace. Nunca perdáis de vista el poder de la sangre, que puede ser mucho más efectivo que el filo de una espada... Y placentero, si me lo permitís-, sonrió.

-Os recuerdo que soy el único hijo de mi padre. Si espero a casarme y me sucede algo, mi linaje estará por siempre perdido.

-Bueno, las grandes recompensas a veces requieren grandes sacrificios, mi señor. Envainando ahora vuestra ¨Otra¨ espada os puede valer para el futuro. Además, tengo ya algo en mente...

La perspectiva de no casarse de inmediato, y de envainar su ¨Otra¨ espada, no acababa de convencer en demasía al joven señor, pero la insultante seguridad del Extranjero tampoco podía ser pasada por alto. -Decidme qué ronda por vuestra cabeza.

-Mientras los jóvenes herederos de los feudos vecinos parecen haber caído en las fiebres del matrimonio, vos debéis manteneros firmes y con la cabeza fría. ¿O debería decir las cabezas? Hay que elegir bien la presa para asegurar un buen premio, y en vuestro caso el asustadizo cervatillo que debe caer bajo el fuego de vuestras flechas amororsas no es otro que Darial Natius, hermana y única familia del viejo rey del norte, Zaojeth Natius.

Aquello había cogido por sorpresa a Ulrich. El viejo Rey Zaojeth era un hombre malhumorado y orgulloso, poco dado a tomar en demasiada consideración a sus propios vasallos. ¨Sangre joven y sin probar¨, solía mofarse Zaojeth.

Y además, Darial no era más que una niña de 9 años... -No lo veo claro. El viejo es demasiado cabezota, y siempre ha tratado a sus abanderados con desdén. No creo ni que tuviera en cuenta mi propuesta. Además, está convencido de que tendrá una esposa que le de un hijo varón.

-No creo. Su semilla es vieja y débil y ha tenido ya muchas oportunidades para tener un hijo. Tal vez ahora mismo no acepte un enlace de su hermana con vos, pero si con los años no consigue un varón no se mostrará tan altivo y orgulloso. Conforme pasen los años y vea la muerte más cercana, también querrá que su legado y memoria no mueran con él, aunque sea gracias a su hermana. Tan sólo hay que sentarse y esperar a que la niña crezca, mientras vos os ganáis a su hermano. Cuando llegue el momento, debéis parecer el mejor partido posible, casaros con ella y llenar su vientre con el próximo rey del norte. Y por si no os salen las cuentas, ese rey seria un Ragborn.

-Si es que yo no muero antes, claro...-. señaló un entristecido Ulrich.
-Un ducado vale la pena la apuesta, ¿no creéis?
- De acuerdo, así se hará. Esperaré a la mayoria de edad de Darial... Lástima, tenía muchas ganas de que llegase mi noche de bodas.
-Nunca hablé de envainar la espada con las bellas mozas que pueblan vuestro dominio mi señor. Me refería tan sólo a que, al menos hasta dentro de unos años, os olvidéis de las vainas con abolengo-, dejó caer el Extranjero. Aquello al menos, pareció tranquilizar al joven conde.


La noicia de la soltería voluntaria de Ulrich cayó como un jarro de agua fría sobre el condado del Bastión y el Suspiro, Excepto en algunos prostíbulos de la zona donde el negocio aumentó de forma considerable. Un acontecimiento como la boda del señor no se daba muy a menudo, así como las generosas dádivas que solían acompañar al enlace, así que la poblacion se vio pronto sumida en la duda. ¿Y si el joven señor moría? ¿Sobre quién recaería entonces el gobierno de su feudo? Los periodos de transición entre linajes sobre el control de un dominio eran siempre complicados, y los que más sufrían a la postre eran los mismos habiantes. Su miedo estaba, por tanto, justificado.

Mientras. El joven conde no se mostraba mucho más animado. Sobre todo cuando llegaron noticias a sus tierras la noticia de que la joven Darial Natius, todavía el único familiar de Zaojeth, había caído enferma. Una ligera pero insistente tos se había apoderado de ella, lo que había conmocionado al reino y preocupado sobre manera al viejo Natius. Por no hablar de Ulrich, que el día en que recibió la noticia se había mostrado más inquieto y foribundo que nunca, para dejar paso a una profunda desazón. El Extraño insistía en que mientras la niña no muriese (Y el padre tampoco), la maldicion de Darial podría tornarse en su bendicion. ¨Ahora el viejo Zaojeth estará más ansioso por emparejar a su preciado retoño¨, trataba de tranquilizarle, y en parte lo conseguía... Por lo menos hasta que su madre, la condesa Sonya, le recordaba que una chica frágil de salud no era la mejor opción para ser la madre de sus nietos. Y razón no le faltaba.

Sin embargo, Ulrich decidió seguir el consejo del Extranjero y tentar a la suerte. Los años pasaban y no llegaban noticias de la mejor a en el estado de salud de Darial, aunque tampoco de su empeoramiento, hecho que bañado convenientemente en vino resultaba una gran noticia y mitigaba en parte al nerviosismo del joven conde. Ulrich trataba de ahogar sus dudas mejorando sus reducidas huestes con mejores armas, como un cargamento de arcos cortos de gran calidad, y en tratar de poner freno a los desmanes de una banda de villanos autoapodada ¨Los Hermanos¨ mediante la creacion de unos tribunales de justicia en el Bastión.

Y por fin, Darial, a pesar de su delicada salud, alcanzó la mayoria de edad. Las cartas estaban sobre la mesa...


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Re: El poder de la sangre

Mensaje por Big Boss el Vie Dic 18, 2015 12:46 pm

Capítulo I. Parte III

Apenas al segundo dia del mes de enero de ese mismo año, Ulrich partió hacia la capital en el norte, con la única intención de regresar con Darial Natius como su legítima esposa. Muchos años había esperado el día que pudiese conocer a tan preciado botín,y ya podía acariciarlo con los dedos. Si le hubieran metido una lagartija por el culo a buen seguro que hubiese estado menos inquieto.

El viejo Zaojeth le recibio algo más amistoso que de costumbre. La muerte le susurra al oído que ya no tiene mejor mano en esta partida, pensó satisfecho Ulrich. Tras las salutaciones y parabienes indicados para la ocasión, los dos señores se dirigieron a las estancias privadas del rey para tratar asuntos ¨de Estado¨. Nada más al cerrar la puerta tras de sí, Ulrich expuso al Rey sus intenciones.

-¿Así que por fin uno de los de sangre aguada ve la oportunidad de meterse bajo las faldas de una poderosa señora?-, le espetó el viejo Rey. Tras la puerta había dejado sus anteriores buenas formas. -No creáis que va a ser tan fácil cazar esta píeza, conde. Aunque admiro vuestra paciencia de todos estos años. Y parece ser que los cuentos sobre vuesra virilidad parecen infundados...


-Totalmente. Hasta la mayoría de edad de la dulce Darial, ninguna otra doncella era digna de mi linaje-, contestó friamente Ulrich. Ya no soy un niño, pensó y el Extranjero me ha enseñado bien.

-Já, ¿y creéis que el apellido de unos montañeses es digno de un Natius?-, gritó iracundo el Rey. Estaba tan airado que parecía que le iba a estallar la cabeza.

-Montañés o no, soy la mejor opción que os tenéis. No queda en el Reino un mejor partido que yo para vuestra hermana. Sí, tal vez haya algún caballero de segunda, o algún cuarto hijo de un conde de una zona incluso más remota que la mía, pero ninguno con título. Yo soy un conde y mas encima protector del Bastión del Trueno, el UNICO paso hacia oriente. ¿Qué mejor emparejamiento hay, mi señor?.

-Veo que lo tenéis todo muy bien pensado, Ulrich. Vos hacéis  a mi hermana condesa de una roca y yo hago a vuestra familia reyes de todo el norte. Mal negocio, sí señor.

-¿Preferís que a vuestra muerte los otros Reyes y Emperadores opten por buscarle un nuevo linaje al Norte que un marido para vuestra hermana? Eso sí que sería mal negocio para Darial, si me permitís-. Te tengo, viejo, pensó.

Y sí, aquello había hecho mellas en el Rey. Bien cierto era que su tozudez no había pensado en morir sin ver a su hija bien casada. Y como tampoco tenia tanta amistad con los otros reinos, lo que decía Ulrich estaba cargado de razón. Y además, el apellido Natius se perdería se casase con quien se casase Darial. Por lo menos este Ulrich siempre ha sido leal, pensó el Rey, y además heredarán sus hijos, si los tiene, y no él.

-¿Prometéis cuidarla bien? Es tan frágil-, dijo Zaojeth derrotado.

-Lo prometo, mi señor. Y prometo también mantener a mis ¨Montañeses¨ lo más lejos que sea posible del banquete de boda.

All legar las buenas nuevas al Bastión y al Suspiro, una gran fiesta se organizó en honor a los novios que unirían sus almas en la capital del reino del Norte. Toneles de vino corrieron libres por las aldeas y pueblos del condado; el pueblo era feliz. Y la condesa también, aliviada de ver a su hijo prometido, y con tal alta dignidad. El Extranjero sencillamente sonrió...


(Fin del capítulo)
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