Una boda en el Descanso de Alev

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Una boda en el Descanso de Alev

Mensaje por Big Boss el Vie Jul 08, 2016 4:12 pm

Unos días antes de la boda, que había de celebrarse el vigésimo sexto día del mes de noviembre del año del Señor de 670, Ulrich por fin tuvo la oportunidad de conocer a la que no sólo sería su esposa, sino también la llave que le abriría la puerta a la alta nobleza imperial. Aunque lo cierto es que en ese momento lo que tenía en mente era abrir otra cosa con su propia llave, pero procuró guardar la compostura.


La señora Selenae, una muchachita de 16 años, simplemente no era guapa, más bien todo lo contrario. Ya le habían advertido de que era una doncella que, a pesar de su delicada salud, era despierta, lista y algo maquinadora, pero un buen partido al fin y al cabo, leal y obediente. Y claro, cuando esas son las primeras cosas que te dicen de una mujer es que es un boñigo de cabra, pensó entristecido Ulrich, quien se fustigaba en su interior por no haberlo visto venir. Su mente traicionera incluso le evocó imágenes de aquella hija de un cierto comerciante de althemyr, de sonrisa fácil y mirada pícara, que tan buenos y dispuestos pechos había presentado ante su señor.

Pero un buen par de tetas no le conducirían a ningún reino, tal vez exceptuando al de los Cielos, le había dicho el Extranjero, y prontó se sacudió de la cabeza otra idea que no fuera la de adular y agradar a la joven Duquesa, quien entusiasmada por su próximo enlace no había notado su honda decepción. ¿Lo habría hecho el Duque?

Sin embargo, había algo en ella, una fuerza interior, que pronto enamoró a Ulrich. Necesitáis una duquesita leal, que os de hijos, no una bella Doña Nadie que os caliente la cama, le había vuelto a advertir el Extranjero. Aquello también había ayudado al florecimiento del amor. El amor a veces es deber. Eso había sido cosecha de su madre.


El enlace se celebró con toda la fastuosidad y pompa adecuada para una boda ducal. Tras cinco días y sus noches de festejos, la comitiva nupcial del conde Ulrich, acompañado ya por su esposa Selenae, partió en dirección a la cumbre del trueno, donde nuevas jornadas festivas les esperaban. El viejo Duque se mostró muy apenado por la partida de su hija, aunque no tanto por la de su yerno. Mientras te mantengas vivo hasta que le haga un hijo a Selenae, me da igual que ni me mires a la cara, viejo bastardo, pensó Ulrich.

Sin tanto lujo pero igual o mayor alegría y entusiasmo, el pueblo de la Cascada de la tormenta celebró su propia semana de fiesta a la llegada de su conde y su condesa. La Dulce Duquesita, como le empezaron a llamar sus nuevos súbditos, incluso había ganado algo de color en las mejillas y estaba henchida de felicidad, lo que sin duda la hacía parecer más bella. Eso y el vino consiguieron que la pareja apenas abandonase su alcoba durante un par de semanas, afanados ambos en no perderse ni un ápice de sus cuerpos como si la vida les fuera ello. El resto fue obra de la naturaleza. A finales del mes de diciembre de ese mismo año, Selenae se quedó preñada.


Aquello no hizo más que unir más a la pareja. Se mostraban exultantes, risueños, felices. Y el pueblo también. La sucesión estaba aseguraba, bien por línea directa si el bebé era un niño, o bien por línea materna si el bebé era una niña. Además, los condes eran jóvenes y otros vástagos podrían llegar, sobre todo viendo la rapidez con la que Selenae se había quedado en cinta. Ulrich no podía más que agradecer en silencio a Dios, y de viva voz al Extranjero, que todo estuviese saliendo tan bien.

-No es mostrásteis tan agradecido cuando le echásteis un ojo por primera vez a vuestra condesa, mi señor. Recuerdo algo relacionado de nuevo con trozos de alguien en las fauces de unos ciertos perros...-, rememoró con un sonrisa en los labios el Extranjero.

-Je, je... os cortaría la lengua si no me fuese de tanta utilidad-, respondió Ulrich alzando levemente su copa en un gesto de agradecimeinto dirigido a aquel extraño hombre.

-Apuesto a que más una moza de vuestro castillo también la echaría de menos, mi señor-, fanfarroneó el Extranjero.

-Sois un bellaco-, logró decir Ulrich tras unas sonoras carcajadas. -Aunque sin duda entrañable.

-Mmmm, el Bellaco Entrañable... Si sólo se me hubiese ocurrido a mí antes...

El embarazo no fue fácil. Transcurridos unos meses, la fragilidad física de Selenae se mostró en su plenitud. Apenas abandonaba el lecho y había días que no tenía fuerzas ni para hablar. Ulrich acudía junto a su esposa cuando sus labores de gobierno lo permitían, e incluso tuvo que aguantar la presencia de sus suegros en su propio castillo. El viejo, además, parecía más avinagrado que nunca.


A pesar de su evidente cansancio, Selenae, aprovechado los escasos momento de cierta vitalidad que le regalaban algunos días, continuó con su formación, impartida desde niña por un sacerdote del Descanso de Alev que la también la había acompañó a la cumbre desde el día de su boda. Entre los ataques de tos, las patadas del bebé y el implacable cansancio (algo que con los años se habría de conocer como 'malestar general'), Selenae finalizó su formación incluso antes de parir, conviertiéndose y siendo pronto reconocida como una auténtica intelectual de la Teología.


El último mes de embarazo fue sin duda el más complicado. La salud de Selenae empeoró hasta niveles que hicieron temer por su vida y por la de su hijo no nato. El viejo Duque, por su parte, parecía al borde de la locura. Estas malditas montañas están matando a mi dulce hija, se le oía murmurar, suficientemente alto para quien le quisiese escuchar.

Pero la sombra que se había cernido sobre el pequeño dominio del Jura se despejó por completo el último día de agosto del año del Señor de 671, y que fue el primero en la vida de Ulfric Stormborn , primogénito de Ulrich Stormborn, conde de la Cumbre del trueno. Todo el condado respiró aliviado.


A los pocos meses de su nacimiento, Ulfric pareció regalarle a su padre no ya un pan, sino un anhelado periodo de paz y tranquilidad. Dada la excelente recuperación de Selenae, el viejo Duque había empaquetado a su mujer y a su séquito y había regresado al descanso de Alev a mediados del año del Señor de 672.

Lo cierto es que la llegada de Ulfric había sido un trago a la par dulce y amargo para el suegro de Ulrich. En sus sueños más secretos había rogado al sol para que el vástago de Selenae fuese una niña, y que los demás bebés tras ella, si los había, fuesen también hembras. Viviendo lo suficiente para ver a su hija casada y en cinta, ya podría haber muerto en paz... sabiendo que a la postre un Stormborn de sangre aguada tampoco heredaría el trono del descanso. El maldito montañés se ha salido con la suya, se había repetido amargamente en el viaje de vuelta, aunque el niño tal vez sea frágil como la madre, tal vez....

(continúa)
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